Prosa lunática

Paloma Rodríguez


 

 

Puso la última horquilla en el moño, y comprobó, primero con una mano y luego con otra, con parsimonia, si cada cabello estaba en su sitio.Tirante, enjuto, perfecto.Cada cosa en su lugar, así debe ser.

Agarrada a la barra, mirando con seriedad el reflejo en el espejo. A menudo las manos se llenan de callos y antiestéticas heridas. Pero lo peor es el dolor en los pies, que siempre va de la mano del ballet. Te enseñan a disimularlo desde las primeras clases, ahí fuera, no existe más que el baile, no queda espacio para el dolor, ni quejas, ni muecas. El dolor endurece y disciplina, o eso es lo que han dicho siempre. Ojalá fuera tan fácil en la vida diaria.

Rosita Mauri ensaya una vez más antes de salir al escenario. Grand plié, relevé, battement tendu, port de bras,echappé…Ejecuta, sin ninguna dificultad aparente, como por rutina, cada movimiento. Y esta vez, si, sonríe, se le escapa una sonrisa de la que solo el espejo es testigo. La sonrisa de quien ha cumplido su sueño, tras mucho esfuerzo, horas, dedicación, dolor, insomnio.

Recuerda, rememora a menudo el día en que salió de Barcelona aquel mayo lluvioso, cargada de maletas, de sueños, de miedo, de ganas. Es apasionante ese extraño miedo que acompaña a cada sueño, ¿Cómo puede experimentarse miedo tanto si se cumple un sueño como si no? ¿Acaso el miedo no es mayor, en ocasiones, cuando sabes que va a cumplirse?

Se suceden las imágenes, el sonido cascado del tren, el humo negro, los campos difuminados por la velocidad. El gesto, casi infantil de su mano diciendo adiós a la ciudad que iba haciéndose pequeña a momentos. La llegada a Paris, sintiendose una princesa en la que, a pesar de haber visto pocas, le pareció la cuidad más bella del mundo.

Cambré, detourné, fondu, developpe…y su entrada en el Ballet de la Ópera de Paris, por la puerta grande, como primera bailarina, el sonido de los aplausos, que es algo que jamás se olvida, su nombre en los carteles. La fama, la belleza. La efímera gloria del ballet.

Rosita Mauri sale al escenario para ofrecer sus mejores movimientos a la sociedad burguesa decimonónica.Bailando, contando historias a través de su cuerpo, de cada paso, de cada giro. El ballet es poesía representada, un cuento mudo que reverbera palabras. Ella no piensa, solo siente. El corpiño ceñido, abrazado a su pecho, la muselina de la falda alba, la cabeza coronada.

Desde uno de los palcos, monsieur Degas, persigue cada uno de sus movimientos.Hipnotizado.No existe nada más alrededor, el público se desdibuja, ni siquiera escucha la música. Sólo ve a Rosita, más que verla la dibuja en su cabeza, plasmando con precisión de cirujano cada uno de sus pasos. En la soledad de su estudio sus manos elegirán libremente la escena preferida entre todos los bocetos acumulados en su pensamiento. Ha visto muchas bailarinas hasta el momento, pero al igual que el mar, nunca dejan de fascinarle. Le obsesiona captar el movimiento, dotar los óleos de vida, precisar los músculos, las diferentes posturas. Y esa extraña magia que lleva implícita el baile. Siempre.

Rosita, sobre las zapatillas de punta, creando la ilusión óptica, la sensación física de que flota sobre el escenario. Como un ser semi-alado, casi angelical. Inmóvil, bajo una lluvia de aplausos, en un perfecto arabesque.Todo el teatro ovaciona, excepto el señor Edgar Degas, que dibuja, sin pincel ni pinturas, el final de Rosita, el marcado escorzo con el que agradece al público sus aplausos y obsequios florales. Las bailarinas de fondo serán tan solo punto de fuga, el escape de un segundo para volver de nuevo a la verdadera artista, Rosita, con el vestido tan blanco, contrastando violentamente con la oscuridad del escenario y la tramoya, mientras la luz de las candilejas la ilumina profundamente. Pasados unos minutos, desaparece, dejando tras de si un rastro de bailarinas y aclamaciones. Entre bambalinas, la señorita Mauri, sonríe de nuevo. Y allá en el palco, absorto aún, Degas acumula un amor nuevo en su corazón.

Años después, a pesar de la ceguera, y en contra del olvido, no pasaba un solo día en que en su cabeza no aparecieran Rosa y ese perfecto, casi irreal, arabesque.Aún cuando ya no podía ver nada acariciaba el cuadro y podía sentir en sus dedos aquello que nadie más pudo ver aquella noche. La sonrisa de Rosita.

 

 

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