Érase que se era.
29-junio-2011La protagonista de este cuento, es más puta que princesa, y más maldita que poetisa. Quizá porque odio los cuentos de hadas y me espantan los finales felices sin ningún fin. Y no soporto a la realeza.
No proviene de alta cuna, y lo más cerca que ha estado del cielo ha sido en la terraza de su pequeño cuarto piso, donde cada verano toma el sol desnuda. Bebe como un pirata estresado, fuma todo lo que cae en sus manos, y pasa sus vacaciones en las camas más bajas. Se viste de purpurina y brillos, y baila cada noche bajo los neones del infierno. Ardiendo en el fuego eterno, quemando, siempre quemándose (burn, baby, burn!!). No fue bautizada, y su nombre se adapta a cada labio que la llama. A veces es Ella, otras es Luna, casi siempre, nadie. Una golfa en la noche, una diosa pagana. Cambiando de hombre como quien cambia de ropa. Mil mujeres en una. Desgastada en los callejones del vicio, revolcada entre estiércol y sueños, forjada en las calles, como las peores drogas. La perra que acaba mordiendo la mano que le da de comer. La reina que encuentra el guisante, y se hace un canuto con él. Con una cicatriz en el vientre que un mal nacido la dejó como pago por unos minutos de espectáculo. El recuerdo tangible y dolorosamente real de la que no puede escapar de lo que es.
-Baila, niña, bailame.
Y la niña baila siguiendo sus reglas. Nunca mires a los ojos que te miran. No te detengas en los rostros. Ciega ante los detalles. Imagina que estás sola. Sola como la luna.
La stripper sin corazón que jugando ante la hoguera se untó las entrañas de gasolina. Maldito el día en que todo dejó de parecerle una mierda. Hundida en lo típico, en el tópico. Bendito el día en que encontró una flor entre tantas toneladas de basura.
-No quiero salvarte, ni que me salves. Sólo quédate un ratito conmigo.
Y se salvaron sin quererlo, y se quedaron toda la vida. Todas las vidas. Ella, bailando, y él, en silencio, velando su baile. Desdibujados y ajados por la vida. Igual que tinta en un folio sobre el que se derrama un vaso de agua. O un mar. En la tierra de las mil culpas, entre las líneas de un libro en ciernes. La historia que real y metafóricamente me salvó la vida.
-Niña, sal de las brasas del infierno, que se está mejor en la hoguera de mis ojos.
Anochece en Madrid, con la eterna pereza de un bostezo que no acaba de terminar. Con su disfraz de santo se pinta el cielo de rosa mientras la luna se pinta la cara. Se pone su máscara. Y yo sigo escribiéndoles, mientras se besan en silencio en cualquier rincón del mundo.
Silencio, por favor, se abre el telón.










